El cuidado, un concepto polisémico y escurridizo

Flavia Marco Navarroestuvo a cargo de la charla sobre “El cuidado como área de conocimiento, políticas y disputa”, con la que inauguró las exposiciones magistrales de las Jornadas de reflexión: Culturas del cuidado para la sostenibilidad de la vida desde el trabajo en masculinidades.

Empezó dejando en claro que el cuidado es un concepto polisémico porque significa criar, atender, alimentar, educar, socorrer, higienizar. Es la provisión de bienestar. Es la atención directa en una relación interpersonal e incluye aspectos de nutrición, sanitarios, de estimulación temprana y socioemocionales.

Subrayó que es un trabajo, es un derecho y es un bien público.  Y añadió, sin vueltas, que “desde las masculinidades, es un desafío pendiente”.

Feminista, abogada, especialista en género y con estudios de post grado en derecho económico, admitió que “aunque el término cuidado se usa cotidianamente, es un poco difuso, me ha tocado facilitar algunas jornadas en escenarios diversos, unos más académicos, otros más políticos y de activismo y, siempre me topé con el carácter escurridizo del concepto de cuidado”.

Al repasar los antecedentes del cuidado como campo de estudios y de políticas, explicó que tributan de las elaboraciones teóricas feministas sobre trabajo productivo y reproductivo, división sexual del trabajo, y de los cuestionamientos a la maternidad como mandato y sinónimo de feminidad.

En América Latina, los abordajes teóricos se basaron en evidencia empírica. Especialmente encuestas de uso del tiempo, en un esfuerzo por visibilizar y valorar el trabajo no remunerado.  “El salto cualitativo fue cuando se dejó de hablar de “conciliación” y del derecho al cuidado solo para participar en el empleo y se planteó que el cuidado es la sostenibilidad de la vida”, dijo.

Y recordó que “el cuidado es un fenómeno que tiene cosas en común, sea remunerado o no remunerado.  La hermana mayor o la abuela que cuida a una bebé en su casa, igual que una niñera, esas tres tienen en común que son mujeres”.

Se detuvo a explicar los principales campos de estudio del cuidado y advirtió que “hay que ser cautelosos porque hay un debate vigente sobre la ética del cuidado que surge hace más de 30 años”.  Mencionó a Karen Gilligan y Joan Tronto como ejemplos de visiones contrapuestas sobre la ética del cuidado y una discusión teórica “que termina siendo esencialista”, por lo que prefirió no ahondar en fundamentos filosóficos.

Eligió centrarse en América Latina donde las áreas más desarrolladas en el estudio del cuidado son la organización social del cuidado, la economía del cuidado, y los derechos del cuidado.

Explicó que desde el esquema del “diamante de bienestar” la política social define las combinaciones del cuidado entre esferas prestadoras –la familia, el estado y la sociedad civil o la comunidad–, determina el nivel de autonomía de las personas y evidencia el grado de garantía de los derechos.  

Y dijo que según el “flujograma de provisión del cuidado”, en esferas intra y extra hogar, son las relaciones de suficiencia e insuficiencia económica las que determinan las esferas prestadoras.  Las políticas de cuidado pretenden cambiar esta distribución y la falta de tiempo hace que si hay dinero se opte por el cuidado remunerado en el hogar o en una guardería, porque la oferta estatal para personas mayores y los centros de cuidado infantil es muy baja.

A continuación, se concentró en la economía del cuidado que “explica todo el trabajo que se realiza de forma no remunerada en los hogares y el trabajo de cuidados que se realiza de forma remunerada en el mercado”.  La distribución de las tareas vinculadas a la economía del cuidado, sin embargo, está cruzada por la desigualdad de género y una organización social injusta, que impone a las mujeres la mayor carga de trabajo no remunerado producto de la rígida división sexual del trabajo.  La naturalización de las actividades de cuidado como obligaciones de las mujeres determina que estas tareas no sean reconocidas como trabajo y sean subvaloradas al realizarse en la esfera privada de los hogares y dentro de un modelo económico que no lo reconoce como generador de valor. Pese a la importancia del cuidado para el sostenimiento de la vida, la economía tradicional lo considera como una externalidad del sistema económico, invisibilizando su aporte.

Apuntó que, en el itinerario del debate, se instaló el concepto del derecho al cuidado, a cuidar y al autocuidado, presentado en la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y del Caribe y se postula que, a la luz de las convenciones, del corpus y de los principios de integralidad, indivisibilidad e interdependencia de los derechos humanos, no se necesita consagración específica del cuidado como derecho para que exista y sea exigible.  Los estados tienen obligación de garantizarlo con mecanismos de exigibilidad, dar condiciones materiales de posibilidad para su ejercicio. 

Flavia Marco recordó que justamente el concepto de derecho al cuidado repercutió en la demanda de políticas en la región sobre la base del reconocimiento y estimación del valor del trabajo no remunerado, aunque con muy pocos resultados respecto a la distribución del cuidado.

En esa línea, una de las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible demanda Reconocer y valorar los cuidadosy el trabajo doméstico no remunerados mediante servicios públicos, infraestructuras y políticas de protección social, y promoviendo la responsabilidad compartida en el hogar y la familia, según proceda en cada país” (Naciones Unidas, 2015).

Y luego de ese recorrido, se animó a formular algunas recomendaciones para “no desvincular la agenda feminista y de género” en el debate y las demandas sobre el cuidado, “recordar que queremos que el cuidado deje de ser prerrogativa de las mujeres, pero también una experiencia social, racial y étnicamente estratificada y, al mismo tiempo, tener adaptabilidad a las realidades, sobre todo urbano rural”.

Y recién al cierre, Flavia Marco dedicó unas cuantas ideas para trabajar el tema del cuidado desde las masculinidades y sugirió “romper el sinónimo de feminidad-cuidados, la dicotomía cuidadora-proveedor y el homus no vulnerable y cuestionar cómo la masculinidad hegemónica puede transformarse a través del cuidado”.  El tiempo le quedó corto, llegó el momento de los comentarios y preguntas. 

Jimmy Tellería tomó la palabra y destacó los casi 30 años resumidos para entender el transito histórico del concepto de cuidado.  Y, luego, enumeró algunos elementos para la reflexión, pero se detuvo especialmente en la necesidad de generar una agenda de investigación y abogacía que incluya la sistematización de los aportes realizados en el país sobre el cuidado desde las masculinidades.

Desde el Perú, Arnaldo Serna, dijo que la charla lo motivó a pensar en las nuevas generaciones, en las y los adolescentes, “y en la cultura que está impulsando a vivir al riesgo antes que al cuidado, como se constata en la radicalización de la violencia, que lleva a pensar en la necesidad de trabajar desde la pedagogía de la ternura, porque el cuidado no solo pasa por atender una dolencia sino estar para el otro, y esa es la complejidad del cuidado, hay vetas grandes y tenemos una gran responsabilidad para las nuevas generaciones, apertura al cuidado mutuo, al autocuidado, desde la ternura, el dialogo y el estar al lado del otro”.

Flavia Marco coincidió que en Bolivia también hay una mayor propensión a conductas de riesgo y aseguró que para la juventud y adolescencia el mayor riesgo tiene que ver con los mandatos patriarcales y de los pares.