Diálogos desde los feminismos y el trabajo en masculinidades

“Los hombres que lloran y cocinan, que ejercen paternidades integrales y comparten labores, no necesariamente tumban el patriarcado”. Con esa advertencia, el mexicano Jair Maldonado, inició su intervención en el panel Diálogos desde los feminismos y el trabajo en masculinidades en el que compartió con las feministas, María Ángela Sotelo y Juana Olivera, y el activista, Jimmy Tellería, de Bolivia. 

Yair Maldonado

De larga trayectoria en temas de derechos humanos, género y masculinidades, detalló el proceso en México “cómo llegamos, dónde estamos y el camino que queda por transitar”ylo experimentado en GENDES, una organización de la sociedad civil que promueve el desarrollo de relaciones equitativas, igualitarias y no violentas e impulsa la reflexión, intervención e incidencia desde la perspectiva de género y masculinidades. 

En esta oportunidad, explicó cómo se generó el debate feminista alrededor de los cuidados y la corresponsabilidad en México que, poco a poco, nutre la inserción y la generación de los debates desde las masculinidades.  “Uno de los muchos caminos para erradicar las violencias y desarticular el patriarcado”. 

Fue un largo proceso, que ya lleva una década, de reflexiones sobre el vínculo entre la explotación liberal y la explotación patriarcal, el sistema económico y el sistema patriarcal, los roles y estereotipos que sobrecargan a las mujeres,  la problematización de los conceptos de familia y las divisiones del trabajo dentro del seno familiar. Se instala el debate sobre las masculinidades –paternidades y autocuidado– para contribuir al diálogo feminista, pero, sobre todo, al objetivo de una igualdad sustantiva.

La apuesta de GENDES es ambiciosa –Suma por la Igualdad. Propuestas de Agenda Pública para Implicar a los Hombres en la Igualdad de Género– y plantea varios vectores de intervención para desarticular el sistema patriarcal: escuela religión política, medios de comunicación, economía etc. Asume que es necesario un cambio cultural general, demanda la intervención del sistema de salud para el autocuidado y la comprensión de los roles del hombre en el espacio doméstico; considera imprescindible trastocar los sistemas de justicia y la generación de estrategias de prevención para no llegar a las instancias de justicia. Intervenir los medios de comunicación y el sistema educativo. “No es una agenda exhaustiva, no se sugieren todas las posibles políticas públicas, pero uno de los ejes es la corresponsabilidad”.

Jair Maldonado puso mucho énfasis en la corresponsabilidad sustantiva de la sociedad y dejó en claro algunos retos para lograrlo:

  • Reorganización o flexibilidad de la jornada laboral: modificación de los horarios de trabajo, licencias laborales, promoción der la jornada parcial y flexibilización temporal y parcial del trabajo.
  • Modificar los patrones culturales en las familias, escuelas y mercados de trabajo con el objetivo de tener un impacto en la reorganización de las tareas dentro del ámbito doméstico.
  • Ampliar la oferta de servicios para el cuidado de hijos e hijas, personas con discapacidad, enfermas o mayores de edad.

Advirtió que el logro de esos propósitos no será sencillo dado que existen fuerzas poderosas –entre ellas las iglesias– que se resisten al cambio y que prefieren mantener el statu quo.  Y también dejó en claro que el eje de cuidados es apenas una de las piezas del rompecabezas, “uno de los muchos caminos para erradicar las violencias y desarticular el patriarcado”.

Admitió que los esfuerzos realizados a día de hoy no han sido suficientes, que los cambios personales son necesarios, pero se requieren cambios integrales, incluidos los que deben impulsarse desde el Estado. 

 Y terminó su intervención señalando que “No podemos continuar los debates del cuidado y la corresponsabilidad sin la interseccionalidad que nos dice que todo está trastocado y todo está junto, pegado, porque las violencias y desigualdades se nutren del patriarcado, del capitalismo, pero también del racismo, del colonialismo y de la falta de una visión socioambiental”. 

Maria Ángela Sotelo

Wilmer Galarza, que moderó el panel, hizo un breve resumen de la exposición y pidió incorporar al debate el planteamiento de la igualdad sustantiva y pasó la posta a María Ángela Sotelo, psicóloga social que eligió el feminismo como opción de vida.  

Antes de iniciar su exposición, advirtió que en otro escenario algunos compañeros afirmaron que “las mujeres mucho se quejan y que talvez se podría dialogar horizontalmente y avanzar cuando dejen de quejarse”.  Dicho eso, propuso “una alianza política conjunta para transformar los sistemas de opresión.  Quiero partir desafiando a avanzar en esa perspectiva”. 

Planteado el desafío, Sotelo, que es parte de la Coordinadora de la Mujer, subrayó que el patriarcado “no sólo es la expropiación del cuerpo y sexualidad de las mujeres, sino también la expropiación del tiempo y el trabajo de las mujeres”. 

Recordó que las mujeres dedican tres veces más tiempo que los hombres al cuidado, “el 78% del trabajo del cuidado en el país”, y dijo que no se debe perder de vista la crisis de los cuidados por el masivo ingreso de las mujeres al mercado laboral y por la insuficiencia y el alto costo de los servicios de cuidado.  


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Crisis que también se carga sobre los hombros de las mujeres, por lo que se impone la corresponsabilidad en el abordaje del cuidado: hombres, mujeres y Estado. 

Y entre otros factores que deben ser considerados en el abordaje de la temática de los cuidados, señaló las condiciones de desigualdad social: la doble y la triple jornada laboral, muchas mujeres son las primeras en levantarse y las últimas en acostarse, la discriminación salarial,  “existe una brecha salarial más o menos del 62% de diferencia en relación a lo que reciben los hombres”, y la jefatura de hogar femenina –“más del 30% de mujeres actualmente son jefas de hogar” –, lo que rompe la idea de la familia  nuclear, “ese es un modelo de familia casi en extinción”. 

Sotelo dijo que para avanzar en la construcción de “algo distinto y transformador, es importante sacar este tema del ámbito privado y ponerlo en agenda pública. Que se reconozca el cuidado como un derecho y también como un trabajo, un trabajo valorado, reconocido y remunerado”. 

Y remarcó que, desde la perspectiva feminista, un diálogo con las masculinidades no implica solo involucrar a los hombres en el cuidado, sino construir alianzas para transformar las relaciones de poder, “la supremacía y privilegios de los hombres sobre las mujeres”.  En buenas cuentas, “que los hombres cuestionen sus privilegios, no que los hombres “apoyen” a las mujeres”. 

Señaló las condiciones de la alianza entre el trabajo de los feminismos y las masculinidades: cuestionar las relaciones de poder; defender los derechos de las mujeres como una cuestión de justicia  e igualdad; reconocer las diversidades de género, diversidades sexuales, no todo se reduce a hombre y mujer; reconocer la vulnerabilidad de los hombres, que se reconozcan como sensibles y; “respetarnos democráticamente, que respeten nuestras estrategias, nuestra mirada y nuestra propuesta política, no necesitamos que nos digan qué hacer”. 

Y remarcó que la base de esta alianza, es el cuestionamiento de las masculinidades hegemónicas, porque “como dijo Jair, los hombres que lloran y cocinan no cambian el patriarcado”.  Eso significa “ver todo con una perspectiva de interseccionalidad, entender que no estamos hablando sólo de las mujeres, que el machismo también afecta a los hombres y que es necesario avanzar hacia la corresponsabilidad del cuidado en el ámbito público, en términos de políticas públicas”. 

Llegó el turno de Jimmy Tellería, anfitrión y director de CISTAC, pero sobre todo activista. Luego de una rápida recapitulación, admitió que “trabajar en masculinidades implica cuestionar el poder patriarcal, el poder de dominación, sujeción, opresión… y el desafío de cambiar los privilegios que históricamente el sistema ha consolidado para los hombres”. 

Sin embargo, dijo que es importante reconocer que el trabajo en masculinidades, que en América Latina ya lleva más de 30 años, ha avanzado mucho en ciertos campos y en otros se ha estancado. Y lamentó que el estancamiento se haya debido, en parte, a que “hay un encuentro en desencuentro con el colectivo de los feminismos. En muchos casos hay un espacio muy receptivo y se habla de una construcción conjunta, pero en otros, ha sido imposible construir espacios de diálogo”. 

Recordó que la reflexión e investigación sobre masculinidades tiene una larga data en Bolivia y que ya en los años 90 la agenda del activismo proponía la participación de los hombres en el campo de la salud, desde la perspectiva de los cuidados. Una dimensión muy importante porque tiene que ver con la subjetividad en la que los hombres se tienen que mover para transformar sus propias prácticas de cuidado. 

Desde las masculinidades, dijo, cuando se habla de cuidados, la relación inmediata es con la paternidad, un ámbito en el que dicho sea de paso “los hombres que empiezan a hacer una labor de cuidado pueden ser sobrevalorados pero también subvalorados”.  Puso de ejemplo lo ocurrido durante el periodo de restricciones por la pandemia de coronavirus, “para muchos hombres fue traumático recluirse en el ámbito doméstico, pero también permitió que otros cuestionen el modelo machista y otorguen valor a las tareas de cuidado. Muchos hombres ya no siguen llevando a cabo las labores que asumieron durante el confinamiento y han vuelto a su “normalidad”, pero ese tiempo tendría que valer para preguntar quién hace lo que no nos gusta hacer”. 

Según su diagnóstico, no hay que quedarse mirando el tema del cuidado únicamente en su vínculo con las paternidades, “porque podría resultar en un simple intento de mirarse el ombligo, porque el hombre que cambia en sus relaciones con sus hijos no necesariamente es menos violento con la pareja. Hablando de masculinidades y de cuidado no podemos quedarnos en la subjetividad y la flexibilización de roles, puesto que el hecho de que los hombres ahora hagan lo que no hacían, no necesariamente va a cambiar la valoración que se tiene del cuidado”.  Insistió en la necesidad de trascender de la subjetividad a la dimensión social y política. 

Dejó muy en claro que “la corresponsabilidad debe ser entendida en su dimensión global, no solamente como una flexibilización o una democratización de roles, sino desde el valor del cuidado, un valor de sostenibilidad de la vida y de reproducción de nuestra vida. Porque, si no nos cuidamos, no cuidamos a otros y no somos sujetos de cuidado y no cuidamos nuestro entorno, no tenemos muchas posibilidades de sobrevivir, no solo como personas sino como colectivo social y como humanidad”.

Al concluir su intervención puntualizó que no se adscribe “al maquillaje de una masculinidad más potable y bonita” porque “hay que cambiar sistemática y sustancialmente este sistema de privilegios” y para ello adscribió a la idea de un diálogo que permita “entender que feminismos y masculinidades no son antagónicos”. 

Desde Cochabamba, muy atenta a todo lo dicho estaba la socióloga feminista, Juana Olivera. De entrada cuestionó que se hable de “cuidados” cuando lo correcto es hablar de trabajo de cuidados. 

Planteó que es importante el reconocimiento político del trabajo de cuidados porque no sólo se trata de que los hombres participen y se involucren, sino que hace falta un reconocimiento de todos los ámbitos del trabajo de cuidados realizado por las mujeres. Ese reconocimiento llevará a la corresponsabilidad, de manera justa, con una distribución justa y equilibrada, y no como “apoyo”, término que generalmente se utiliza cuando los hombres participan en el trabajo de cuidados. “Precisamos entender que no es un problema únicamente de cada una de las personas que vive al interior de sus familias, sino que es una responsabilidad de orden colectivo y que somos seres interdependientes”.

Juana Olivera lo puso en términos claros y contundentes: “las mujeres sólo quieren tener tiempo para descansar” y aseguró que, por ello, es clave que el tiempo sea incluido como uno de los temas clave de la reflexión.  

Recordó que “la mayor parte de las mujeres, sobre todo las de avanzada edad, han dedicado su vida entera al trabajo de cuidados, al trabajo para los demás, olvidándose justamente de que son sujetas de derechos y que tienen la posibilidad de autocuidarse, de destinar tiempo a espacios de ocio.  Realmente somos pobres de tiempo, y creo que eso es lo que se tiene que modificar”.

Apelando a la experiencia acumulada en el Instituto de Formación Femenina Integral, IFFI, en Cochabamba, relató que “en el trabajo cotidiano, en repetidas oportunidades hemos preguntado a las mujeres: ¿qué les gustaría hacer si tuvieran tiempo libre? Las mujeres responden cosas tan simples pero tan importantes, como “si tuviera tiempo libre, me quisiera echar en el pasto para mirar el cielo” o “si tuviera tiempo libre, quisiera tejer sin que nadie me moleste”, o “si tuviera tiempo libre, quisiera dormir media hora más de lo que normalmente duermo”… no piden cosas imposibles, no piden viajes, no piden cosas extraordinarias, lo que piden son cosas simples, porque lo simple, en el caso de nosotras las mujeres, es inalcanzable”. 

En cuanto a la relación entre los feminismos y las masculinidades, planteó que para transformar el espacio vital de las personas, se tiene que empezar cambiando el día a día, para después pasar a lo social, político, estatal. “El proceso de las masculinidades tiene que ser continuo, en lo cotidiano, no sólo en talleres, porque se olvida fácilmente” y admitió que no será sencillo porque implica “un cambio de patrones de conducta, cambios culturales que impliquen un nuevo paradigma para las generaciones futuras”. 

Cerró su intervención postulando que “la apuesta en conjunto que tenemos desde las masculinidades y las feminidades es establecer puentes, si no lo hacemos, vamos a perder la batalla”.