¿LA MATERNIDAD ES UNA OBLIGACIÓN O UNA DECISIÓN?

El 27 de mayo se celebra el día de la Madre en honor a las heroínas de la Coronilla, mujeres y madres que lucharon por la independencia en 1812.    

¿La maternidad es una obligación, un mandato social, un destino, un mandato divino o una elección? La maternidad elegida es un derecho que tenemos todas las mujeres, derecho a decidir si queremos o no ser mamás, cuándo ser mamás y la cantidad de hijos que queremos tener.

En muchos casos la maternidad no es elegida, desde niñas las destinan a ser madres, nos regalan muñecas, bebés, ropita y así comienza el entrenamiento para cuidar a los hijos; es un mandato social muy fuerte llegar a cierta edad y el entorno se pregunta ¿cuándo te casas?, ya casada ¿cuándo te vas a embarazar?, con un hijo muchas veces preguntan ¿cuándo viene la parejita? Y así viene la presión de la pareja, la familia, el entorno social, la religión hacen que la maternidad no se elija sino sea impuesta.

Ser mujer no quiere decir ser madre, muchas mujeres eligen no ser madres, no por eso no son mujeres o no son mujeres plenas; gracias a la construcción social muchas mujeres creen que ser madre es un destino, una bendición, ¿qué pasa cuando ya llegan a la vida de las mujeres 6, 7 ,8 bendiciones? Esta mujer pide una ligadura de trompas y el médico que la atiende solicita autorización del marido, vemos que esta decisión sobre nuestros cuerpos la toman los hombres, el entorno, el sistema. Como se ve en los casos de niñas madres que son obligadas a seguir con el embarazo fruto de una violación la mayoría de las veces de su padre, padrastro o un pariente cercano.

Hoy en día hay un avance ante la maternidad elegida, esta maternidad en muchos casos se constituye en un proyecto de vida para mujeres que tienen acceso a la educación y conocen sus derechos, muchas eligen estudiar y realizarse profesionalmente antes de ser madres, eligen ser madres sin necesidad de casarse, eligen casarse y disfrutar unos años el matrimonio antes de ser madres o eligen no serlo.

Una vez se decida ser mamá esto no quiere decir que se opta por una vida de sacrificio, que están primero los hijos e hijas que una, que somos súper mamás y lo podemos todo, y si compartimos esta maternidad la pareja debe ser corresponsable en el cuidado de los hijos e hijas; antes que nada somos personas que decidimos por amor traer una vida al mundo, una vida que no nos pertenece, una vida que encaminamos con principios y valores.

Por: Cecilia Saavedra

Reflexión de la Paternidad

Se asocia la paternidad cuando el hombre ha tenido un hijo o hija o ha decidido adoptar, este suceso también es considerado como un rito de paso para ser reconocido y valorado como “bien hombre”, porque como hombre es el destino social y por supuesto natural de la masculinidad, que además adquiere una valoración diferenciada dependiendo del sexo del bebé.

Al hablar de paternidad necesariamente hablamos de hombres, que en su ciclo de vida aprenden comportamientos sociales y culturales. El ser padre en nuestro contexto se inscribe en la identidad masculina como la responsabilidad a partir de la provisión, protección y autoridad moral estricta y consecuente aislamiento al interior de la familia.

Imagen: Serie de televisión HOMBRES

La paternidad dentro de la masculinidad adquiere una serie de mandatos asociados a una hegemonía tradicional del pater-familia (padre de familia), que es contribuido y reforzado  por un entorno donde el “ser hombre” se desarrolla a partir de la responsabilidad como eje existencial, además de estar ligado a aspectos como el sustento de la familia, la formación de valores, costumbres del entorno sociocultural, asume la responsabilidad de la economía y figura de autoridad. Esta construcción cultural de la masculinidad desemboca, necesariamente, en la división sexual de roles (sexismo), pues la paternidad se visibiliza como opuesto complementario a la maternidad en cuyo ejercicio cotidiano y vivencial salen a flote los discursos, actitudes y prácticas sexistas.

Dentro de la estructura de relacionamiento social, establece a la paternidad acomodarse y asumir la responsabilidad que debe ser cumplida mediante el trabajo, motivo por el que se convierte en prioridad, incluso antes que la convivencia familiar y garantizar el cumplimiento del rol de padre.

Es necesario denotar la crisis por la que atraviesa la masculinidad, específicamente en la paternidad, pues el desempleo y la desocupación invaden el sentido del hombre-padre al no poder cumplir los mandatos de responsabilidad que le fueron asignados, precipitando a un estado crítico de inseguridad, pérdida de autoridad, ergo, tratan de mantener a fuerza el mandado de jefe de familia y sostener la identidad masculina aprendida.

En este contexto, la participación masculina y la paternidad en la crianza y cuidado de los hijos e hijas es una limitante, históricamente el cuidado y afectividad han sido desligados de las prácticas cómo hombre, pues la predisposición masculina se limita a proveer y proteger argumentando “yo estoy cumpliendo como hombre” y por supuesto delegando el resto del cuidado (atención, crianza, alimentación, educación, salud) a la madre o a la mujer más próxima del entorno.

El ser responsable ligado netamente al cumplimiento de proveedor y eje existencial, limita y no desarrolla el vinculo afectivo familiar para con el hijo/a, porque obviamente la dedicación de espacio y tiempo repercute a futuro creando vacíos de cercanía, afectividad, confidencialidad, confianza y hasta solidaridad para con sus congéneres en la familia.

Temático Aprendiendo a ser papá.
Imagen: Serie de televisión HOMBRES

Si bien existe “check list” para ser padre, no existe un manual sobre cómo ser papá y el ejercicio de la paternidad, afectiva, solidaria, democrática y activa. Es importante, imprescindible y urgente promover espacios de análisis crítico-reflexivos sobre lo que significa ejercer la paternidad, lo que provocará sinergia social masculina para el vaciamiento de contenido del ser papá y por supuesto el ejercicio de la paternidad.

Santos Saico – CISTAC

Familias diversas… Renovadas formas de organizar la convivencia (Parte 4)


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Zulema Alanes
Por el derecho a decidir

Panelista Tatiana Mamani

Tatiana Mamani Calisaya, es egresada de psicóloga, activista de la población de diversa orientación sexual y secretaria de juventud del  Colectivo TLGB de Bolivia.  Al presentarse destaca todos esos atributos, pero también pone acento en su origen aymara.

Mi vida y mi familia, esa que yo conocí, me la impusieron”,  dice sin titubeos. Y la audiencia la escucha y entiende por qué subrayó lo de su origen aymara. “Ser aymara, vivir bajo los cánones de una cultura andina, posesiva y dualista,  marcada por la tradición del chacha-warmi, constituye de por sí un desafío, porque en ese contexto ser mujer significa renunciar a tu autonomía y asumir que aunque seas una luchadora, necesitas un hombre para salir adelante”

Ese fue el ambiente en el que Tatiana tuvo que enfrentar el proceso de construcción de su identidad lésbica que según compartió “fue largo y doloroso. Como hija mayor debía dar ejemplo a los menores, y no se permitían los ‘malos’ ejemplos”.  Como psicóloga, sabe que para que una mujer se considere lesbiana debe tener conciencia primero de la existencia de la categoría lesbiana y, luego, debe re-significarla para identificarse con ella.

“He sido obligada a ser sumisa”, comenta  y da cuenta del complejo  proceso que tuvo que encarar para asumir que era lesbiana pero además revelarlo a su familia.

Ocurre siempre, la pregunta ¿quién soy? solemos hacerla en relación a la mirada de los otros, por eso está indefectiblemente relacionada a una segunda pregunta: ¿cómo me presento a los demás? La identidad tiene sentido en la medida en que puede ser reconocida por los otros.

Y eso también le ocurrió a Tatiana.  Confiesa que no fue fácil asumir su identidad lésbica y mucho menos ser activista. “Mi familia es muy conservadora, esperaba que me case  antes de los 22 años, que tenga hijos,  y que reproduzca los mismos roles que le impusieron a mi madre,  y así  generación tras generación”.

Y todo lo que cuenta  está asociada a su reflexión sobre la familia, porque desde su vivencia personal le ha costado entender que hoy día la familia es una opción de elección libre, una asociación de personas, a la que cada una llega con sus planes individuales, con sus propios intereses y experiencias.

Su elección personal ocurrió hace tres años  y desde entonces ha vivido “los años más maravillosos de mi vida”.  En retrospectiva, recuerda cuando su familia supo que era lesbiana y que era pública “y que no iba a parar más,  que no iba a retroceder “

No fue sencillo porque “mi familia me iba a condenar, el hecho que hubiera decidido asumir un activismo público  ha marcado mucho a mi familia, desde mi madre hasta la más pequeña de mis hermanos”.

Pero en el proceso y en medio de las tensiones que tuvo que enfrentar con su familia, las decepciones se transformaron en esperanza por la forma cómo reaccionaron sus hermanos pequeños “Los niños son todo lo que no éramos nosotras, tienen mucha libertad y su libertad proyecta  la libertad de los demás”.

Según Tatiana la libertad  se va transformando conforme una persona se va haciendo adulta. “Tengo una  teoría sobre el closet.  Creo que  todas las personas tenemos un closet, independientemente de nuestra diversidad.  Nacemos sin estar en ese closet pero la sociedad nos encierra”.

La familia es uno de los dispositivos del encierro.  “Te moldea bajo ciertas lógicas y esquemas que es difícil de desmontar”.

Aquí  y ahora, Tatiana ha pasado de ser una personas en encierro  a asumir públicamente las causas de la Comunidad LGBT  “eso implica estar dispuesta a  ejercer tus derechos y deberes, implica luchar y tomarlos”.

Pero sabe que no es sencillo, no es suficiente reclamarlos. “El año pasado se aprobó el nuevo Código de Familias y el movimiento empezó a movilizarse, pedimos audiencia con los presidentes de las cámaras –Senado y Diputados–  y constaté que nuestros derechos no sólo se ejercen porque lo decidimos, otros deciden por nosotros, con sus lógicas, con sus estereotipos”.

Desde  la perspectiva de Tatiana, las demandas de la comunidad  no sólo tienen que ver con querer casarse, sino con el derecho a elegir.  “Si un heterosexual tiene derecho a convivir o casarse,  es porque tiene la  opción a decidir, en este momento yo no lo puedo hacer, independientemente de que ya tenga familia,  porque sí  soy familia, es un asunto de derechos”.

 ¿Somos iguales?, es la pregunta que se formula de manera recurrente y, los hechos, parece n responderle con un contundente ¡no!  Y entonces le surgen otras dudas,  y se cuestiona si será la formalidad de una ley la que le permitirá “resignificarme, si producirá cambios verdaderos, o si esa posibilidad está en mí misma”.

Y vuelve al principio, e insiste que “el punto final de toda esta lucha es la igualdad, independientemente de cuál sea tu preferencia sexual debemos afirmarnos en la igualdad, y en el derecho a elegir”.

Y antes de concluir su participación Tatiana anuncia que quiere retomar los planteamientos de Rodolfo respecto a la adopción.  Y sus argumentos no se basan en investigaciones sino en su propia realidad: “Yo vengo de una pareja heterosexual y,  soy lesbiana, el hecho de que me hayan criado heterosexuales no ha evitado que sea lesbiana”.

Con esa afirmación incuestionable, reclama también por la estigmatización de las parejas y de las familias homosexuales y lamenta que  las políticas públicas y las leyes,  no se  anticipen a la problemática social. En este caso es obvio que no hay voluntad política para avanzar en leyes que coloquen en condición de plena igualdad a las familias y a las parejas homosexuales.

La restricción estipulada en la Constitución, ahora se tiene que resolver dando todo un rodeo a la legislación en materia familiar.  Tengo la sensación que estamos batallando ante una estructura de doble moral que sabe que vulnera los derechos humanos pero también se las arregla para hacernos creer que tiene disposición a restablecerlos, medio esquizofrénico, pero así  es”.

Familias diversas… Renovadas formas de organizar la convivencia (Parte 3)



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Zulema Alanes

Panelista Rodolfo Vargas

Rodolfo Vargas admite que es marica –no le gusta el término ‘gay’ porque asegura que conlleva una noción de discriminación social–  y aunque es filósofo todo hace ver que no quiere utilizar los minutos que tiene para filosofar sino para tomar el toro por las astas. “No estoy de acuerdo ni con el matrimonio ni con la adopción de las parejas homosexuales porque son imposiciones de la sociedad capitalista”, afirma, pero en seguida, aclara que esa noche no fijará posiciones personales “hablaré de las demandas de mi comunidad y me centraré en lo que buscamos para el beneficio común”.

La apariencia física de Rodolfo no desentona con el estereotipo de cómo creemos que debe verse un ‘hombre común’, pero él es un transgresor drag queen que se  transforma  en diva para cuestionar  las nociones tradicionales de los género binarios y sus roles dentro de la sociedad y la cultura.

“La defensa de nuestras posiciones se enfrentan a los fundamentalismos religiosos de la sociedad que se oponen en primer lugar al matrimonio homosexual. Dicen que una familia homoparental, de dos mamás o dos papás, va contra la naturaleza”,  admite Rodolfo para a continuación dejar en claro que “no hay nada que respalde la idea de que las parejas del mismo sexo no pueden ser padres o madres”.

La familia homoparental  es aquella donde una pareja de hombres o de mujeres tienen hijos de una relación anterior, o se convierten en padres o madres a través de la adopción, de la maternidad subrogada o de la inseminación artificial.

Las familias homoparentales, en general, y la adopción homoparental, en particular, son temas que provocan mucha controversia, y un fuerte movimiento de resistencia de los fundamentalismos políticos y religiosos.   Es un debate que incluye el tema del matrimonio entre parejas del mismo sexo.

En Bolivia, la Constitución Política en vigencia desde el 2009 puso un candado al debate sobre el matrimonio homosexual que ya empieza a ganar terreno en América Latina.  De hecho los tres países más poblados de la región, Argentina, Brasil y México, han sido los primeros en legalizarlo desde el punto de vista jurídico.  Les siguieron Uruguay y Chile.

La legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo no implica la regulación automática de las adopciones homosexuales.  El 2009, Uruguay fue el primer país de América  Latina en abrir las adopciones a las parejas homosexuales, cuatro años antes de aprobar el matrimonio entre personas del  mismo sexo.

Rodolfo está consciente que el proceso de conquista de derechos  es complejo, pero eso no le impide colocar sus argumentos. En primer lugar deja en claro que  en  Bolivia otra forma de familia es la que conforman las parejas del mismo sexo, una realidad inocultable.   En segundo lugar, recuerda que en el marco del nuevo Código de Familias está en análisis el Acuerdo de Vida en Familia que permitirá formalizar por la vía civil las uniones homosexuales.  Y aunque queda  claro que varias familias homoparentales tienen hijos e hijas biológicos, donde el debate está estancado es en relación a las adopciones por parejas homosexuales.

“La investigación científica ha mostrado de manera clara que padres y madres homosexuales son tan capaces como los padres y madres heterosexuales, que no existe relación entre la orientación sexual de los progenitores y la adaptación emocional, psicosocial y conductual de hijos e hijas” dice a tiempo de reclamar el derecho  de las parejas homosexuales a constituir sus familias y adoptar si asílo deciden.

Las familias tradicionales van perdiendo fuerza para dar paso a nuevos modelos familiares con una gran diversidad de formas de convivencia. Es obvio que se está produciendo en la actualidad un cambio bastante significativo al respecto. Existe una clara diferenciación entre sexualidad y reproducción, y los avances en la genética y en la reproducción asistida ofrecen cada día nuevas y variadas experiencias de cómo ser padre o madre, o ambas cosas a la vez.

Rodolfo explica  que “es mucho másfácil para una mujer embarazarse sin acudir a una clínica,  más parejas lesbianas tienen hijos, por eso hay más investigaciones sobre mamás que sobre papás homosexuales”, pero lo importante y conclusivo es que “los hijos e hijas de parejas homosexuales son tan ‘normales’ como los de las parejas heterosexuales, y muchos se crían en un ambiente de mayores libertades lo que favorece su personalidad e independencia”.

Y para dejar definitivamente clase su posición al respecto, lo dice de manera contundente “Si se crían con homosexuales no son homosexuales”.

Y al cierre de su participación, recapitula la agenda de la Comunidad LGBT. “De acuerdo al nuevo Código de Familias esperamos que se apruebe la normativa legal que apoye a las familias diversas, ahora estamos trabajando  en la propuesta porque el matrimonio está cerrado en la Constitución.  Pedimos que se respete el derecho a tener bienes mancomunados, a adoptar como parejas… hay que pensar en el amor y el derecho humano de las personas, que muchas veces es truncado por normativas y miradas machistas, patriarcales y colonizadas”.

Familias diversas… Renovadas formas de organizar la convivencia (Parte 2)


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Zulema Alanes
Cuando el sistema termina atrapándote

Panelista Carmen La Ruta

Carmen La Ruta, no teorizó mucho acerca de cómo estaban cambiando las formas de constitución de las familias cuando, siendo la menor de ocho hermanos, la realidad la enfrentó al momento en que tenía que comunicar a sus padres su decisión de iniciar la aventura de una convivencia libre con su pareja.

“Vengo de una familia numerosa, cinco hermanos varones y tres mujeres –yo incluida– una  mamá que se casó a los 16 años”, empieza relatando Carmen como para no dejar duda que se formó en medio de una familia muy tradicional.

 “El momento que decidí formar mi propia familia coincidió con el periodo en que empecé a trabajar sobre los derechos humanos, lo que a su vez amplió  mi mirada sobre la familia” y, según recuerda, “fue lo que me ayudó a comunicar a mis padres que iniciaría una vida de pareja”.

Ser la menor de varios hermanos y hermanas felizmente casados, no hizo las cosas muy sencillas “aunque siempre fuimos muy unidos y nos apoyamos mutuamente, pero el verdadero desafío fue hacer entender a papá y mamá  que el matrimonio no estaba en mis planes inmediatos”.

Sin habérselo propuesto e incluso sin tener plena conciencia, Carmen estaba poniendo en evidencia que  el concepto de familia estaba cambiando.  Las parejas de hecho –como la que ella decidió constituir–, la monoparentalidad y las parejas homosexuales estaban dando lugar a nuevas formas familiares.

A ello habría que añadir las formas de vida en común sin mediación de lazos de consanguinidad o incluso de relaciones afectivas, o la extensión de las familias unipersonales.

Enfrentarse a esas nuevas realidades es más complejo cuando los modelos que supuestamente se tienen que replicar siempre estuvieron marcados por relaciones  machistas y patriarcales, “así fue siempre, en casa,  las mujeres debíamos atender a los varones, la cocina era nuestra responsabilidad y siempre debíamos atender primero a los hermanos mayores”.

Criada en ese ambiente tan tradicional, nunca imaginó que le tocaría romper todos los esquemas. En su vida se cruzó un hombre divorciado, que estaba abierto a una nueva relación de pareja pero que no tenía en sus planes volver  al registro civil.

No fue hasta que empezó a trabajar en una oficina que promovía los derechos humanos que logró cambiar de chip como ella misma lo admite.  Y eso “transformó la relación con mi familia. Empecé a romper los esquemas porque yo no me casé, hace ocho años decidí convivir con mi pareja, fue complicado decirle  a mis padres, creo que la buena energía me acompañó porque mis padres entendieron y aceptaron”.

No sería la única familia recompuesta, con al menos uno de sus miembros proveniente de una unión anterior, y  si los hubiere, los hijos e hijas de la primera relación más los propios de la nueva unión.

Carmen no fue la primera en asumir una unión libre, de hecho el sirwiñacu es una práctica muy común en nuestro país, tanto, que ha sido reconocida en la legislación como una expresión de convivencia voluntaria que para fines legales se equipara al matrimonio civil.

En su caso,  como ella misma lo reconoce, la idea de una relación sin ataduras duró poco. 

Se embarazó, nació su primera hija y “por temas legales decidimos casarnos. El sistema obliga a legalizar ciertas cosas, yo hubiese vivido sin casarme por el compromiso sentimental, de unión, de construcción no solo de cosas materiales, pero el sistema nos obliga a tomar decisiones”. 

Y todo pareció volver a colocarse en el lugar donde siempre estuvo. “Nos casamos, inscribimos a nuestra hija en un colegio católico para forjarla en los valores que guiaron nuestra formación”, cuenta Carmen ante un auditorio que luego la cuestiona por considerar que  desandar su camino no fue la mejor decisión.

Pero ella no lo entiende así, y cree que se puede sobrellevar una vida diferente aún dentro del sistema. “Debo decirles que hasta hace unos cinco o seis años no hablaba de placer, de convivencia, de relaciones parentales como lo hago ahora.  Tengo la fortuna de tener una mamá que si bien se crió en medio de una estructura machista  y patriarcal tiene mentalidad abierta, ahora comparto con ella temas que nunca antes los hubiera colocado en mis charlas madre-hija y  que antes sólo intercambiaba con mis amigas y hermanas”.

Se necesitan muchos más esfuerzos que antes para mantener unos lazos que respeten las biografías de cada quien y que al mismo tiempo den valor a la unión. A tenor de ello, el modelo tradicional se va debilitando y también el rol de “mujer cuidalotodo”.

En la década de los ochenta, coincidiendo con la emancipación social de la mujer y el incremento de divorcios, surge la monoparentalidad como fenómeno sociológico. Nos encontramos ante una realidad social, familiar y personal fruto del cambio y conflicto social. Es un fenómeno de ámbito inicialmente urbano que da lugar a un nuevo modelo de familia que provoca el  progresivo aumento de madres divorciadas, separadas y solteras.

Pero aun de esos cambios y de que la familia ya no es sólo un grupo de personas que mantienen lazos consanguíneos o sentimentales y que viven juntas durante un determinado intervalo de su vida,  todavía es una institución social que despliega una determinada ideología en la socialización de sus miembros, que norma el deber ser  y moldea la forma de estar en sociedad.

Otras formas de afirmar la convivencia

Claramente estamos asistiendo a un cambio social que ha tenido su base en la esfera privada de las personas,  y está relacionado con actitudes, hábitos y con modos renovados de entender la convivencia.

La afectividad no condicionada por la heterosexualidad, la adjudicación de nuevos roles en la pareja o el interés de mantener una relación sentimental sin imposiciones de carácter legal ha favorecido decididamente a ampliar el concepto de familia más allá de la unión matrimonial reconocida legalmente y que se ve superada, por ejemplo, o por las familias monoparentales -o monomarentales, en cuanto mayoritariamente están compuestas por la madre y sus hijos e hijas, o por las familias homoparentales.

En el debate de 1999, habló una mujer que imaginó para sí una vida como madre soltera.  Siempre supo que la maternidad era su destino pero nunca se imaginó conviviendo en pareja.  Una extranjera dijo que, en Bolivia, su familia era su gato.  Un joven universitario contó el proceso que implicaba ‘cortar el cordón umbilical’ con su familia y romper la tradición boliviana de vivir con papá y mamá hasta el momento de casarse.  Eran tiempos en que las personas homosexuales estaban recién  ‘saliendo del closet’ y en la lucha por su visibilización el ‘matrimonio gay’ ni siquiera aparecía en agenda.

Ahora las cosas han cambiado.  Aunque no hay un consenso para aceptar ciertas formas de convivencia en pareja, para conceptualizarlas o definirlas, para considerarlas como transitorias o estables, para entender las formas de vida en común sin mediación de lazos de consanguinidad o incluso de relaciones afectivas, para no asombrarse ante la extensión de las familias unipersonales, o para explicar los efectos de la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado y sus consecuencias para el grupo familiar; sí hay un claro acuerdo en cuanto  a que la familia como institución, paulatinamente, ha ido transformándose.

Familias diversas… Renovadas formas de organizar la convivencia (Parte 1)

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Zulema Alanes

Jimmy Tellería no podía ocultar que estaba nervioso. Habían pasado 16 años desde la primera vez que un grupo de audaces activistas habían decidido instalar en el debate una agenda que en 1999 apenas asomaba el ámbito público. Una invitada faltó al debate y era como si la quinceañera  hubiera dejado a su paje justo en el momento del baile de cumpleaños.

Pero todo estaba servido, y con aplomo y mucha resolución, tomó el micrófono y recordó cómo empezó todo: “fue en la Casa de Pandora, el escenario justo para abrir la ‘Caja de Pandora’ y hablar de aborto, placer, familias –en plural– y derechos sexuales”.  Entonces parecía tan lejana la posibilidad de que estos temas interpelen a los tomadores de decisión, se constitucionalicen y tomen forma de ley. 

Pero el debate no ha terminado.  Hay todavía muchos orillos que pueden hacer perder el equilibrio. “Por eso hemos vuelto a traer estos temas, para mirar dónde estamos, evaluar los avances o percatarnos que los fundamentalismos –políticos y religiosossiguen intactos, acechando para que los avances se conviertan en retrocesos”.  En palabras del anfitrión son temas totalmente actuales porque incluso aquellos que se han plasmado en la Constitución y en la nueva normativa legal aún no han hecho carne en las mentes de la gente, han sido regateados a la hora de ser legislados, o, simplemente, no se conocen  como derechos que deben ser reclamados.

En fin, Jimmy Tellería, cuenta que el primer desafío fue asumido en el marco de un colectivo de activistas que se denominó “Masque V”, aludiendo a que empezó como una reflexión de cinco personas  que luego se expandió a varias decenas. A los cuatro temas que hace 16 años se debatieron, CISTAC –como responsable de la invitación a continuar la reflexión– , añadió uno más: Cuerpo Territorio, que forma parte de los contenidos que se abordan al hablar de masculinidades, pero también se constituye en el marco para entender las otras temáticas, porque visto en conjunto todo está interrelacionado.

Fue un día inaugural cargado de nostalgias.  Jimmy Tellería, recordó a  Susanna Rance, que fue co-organizadora de la primera aventura. Relató que entonces el Colectivo GLBT estaba apenas en ciernes, que las personas que viven por Vih/Sida   no estaban organizadas, que fue la primera vez que un grupo de activistas se atrevió a poner en escena una feria que se denominó “Placer en la Plaza” provocando la sorpresa de quienes se aglomeraban a los pies del monumento al emblemático héroe del Pacífico porque el movimiento drag queen se mostraba de cuerpo entero, las PVVS  invitaban a hablar del vih/sida y a entender que `le puede pasar a cualquiera’, y se interpelaba a católicos y católicas que acababan de persignarse en  la misa a sumarse a la cruzada por despenalizar el aborto, y se constataba –mirando a las familias que paseaban en domingo– que era evidente que el concepto de familia nuclear, como única expresión de la relación parental,  tenía los días contados.

Fue un día también para percatarse que los años no pasan en vano, que si bien aún hay  ímpetu para nuevas batallas, no es poca cosa haber vivido el fin del siglo XX e inaugurado otro tiempo.  Y entre avances y retrocesos, hay mucho para rememorar pero  mucho más por construir y una provocadora agenda para debatir.

En la última década la familia tradicional, formada por una pareja heterosexual casada, con o sin descendencia, pero con los roles de género claramente marcados, ha dejado paso a nuevos modelos de familia.

Esos cambios habían sido tempranamente advertidos cuando en 1999 se instaló el  primer debate sobre las nuevas formas familiares, y en septiembre del 2015 la idea era aproximarse a entender cómo ese cambio social estaba impactando en la esfera privada de las personas, en sus actitudes, sus hábitos y su manera de entender la convivencia.

Para tal propósito, se invitó a dialogar a una comunicadora, madre de familia y activista por los derechos humanos; a un filósofo autodefinido como marica y  a una recién egresada de psicología que hacía poco había asumido públicamente su identidad lésbica. Carmen La Ruta, Rodolfo Vargas y Tatiana Mamani, respectivamente.